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Milton Jordán -narrador

FRAY MILTON JORDÁN CHIGUA



     Fray Milton Alirio Jordán Chigua, nació en San Juan Ermita, Chiquimula, el 5 de septiembre de 1958.
     Es sacerdote. Pertenece a la Orden de Frailes Menores Capuchinos. Licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.
     Por su destacada labor literaria le dedicaron los Juegos Florales de Chiquimula en su edición 2013.
     Publicaciones: 1- Pinceladas Bíblicas del Evangelio (San Pablo Colombia, 2009). 2- Introducción General a la Sagrada Escritura (San Pablo Colombia, 2011). 3- Historia de la Iglesia Católica en Chiquimula de la Sierra (Imagraf G&N, 2014). 4- Pinceladas Bíblicas de los Profetas (San Pablo Colombia, 2015). 5- He Ahí a Tu Madre (Imagraf G&N, 2015).






EL SACERDOTE
              -cuento-



          Estaba decaído aquel día. Había bebido, puesto que era un alcohólico empedernido; sufría interiormente. Él podía ayudar a tanta gente pero, ¿quién le ayudaba a él? Era un sanador herido. Sus ancestros indígenas nunca vieron una enfermedad en el alcohol; al contrario, era el néctar de los dioses, porque era producto del maíz y del dulce de panela elaborado de la caña de azúcar. Bebía para entrar en contacto con esos seres extraordinarios que están más allá del mundo terrestre. O quizá bebía para olvidarse de los siglos de maltrato y marginación. Él había sido elegido por el Ajau para que cumpliera la misión de ser sacerdote maya. La comadrona lo trajo al mundo un 25 de enero y su nagual, según el santoral católico romano, le reservaba el nombre de Pablo, el gran apóstol de los gentiles.
         Bautizado cristiano, pero en su interior, nativo. Como normalmente asistía a la iglesia católica del pueblo de Jocotán, el cura católico se vio con autoridad prepotente de prohibirle a aquel “hombre de Dios”, en nombre de su Dios, que dejara de practicar los ritos hechiceros y supersticiosos de los cuales estaba enterado. Por tal motivo, lo llamó a su despacho parroquial. El padre Antonio era un cura español, de Castilla y León, se sentía un Quijote de la Mancha… sólo le faltaba Sancho Panza. Tallado a la antigua, seguía las normas antiguas de la Iglesia y había cerrado toda oportunidad de renovación, considerando que los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II, eran una traición a la verdadera iglesia de Cristo. El Padre Antonio pues, citó a Pablo, sacerdote maya, originario del Pelillo Negro.
         Aquella mañana soleada de domingo salió temprano de su aldea. En la oscuridad matutina, para que nadie lo viera y le quitara el misterio de su espiritualidad. Bajó a toda prisa por las montañas. A las 5:30 am pasó por Suchiquer y al salir el sol llegó a las frescas aguas del río Jupilingo, donde, tal como vino al mundo, se introdujo en el agua y no se sabía si él las poseía a ellas o las aguas a él. Lo cierto es que quedó como nuevo, se enjabonó con su “jabón de coche”, que le servía al mismo tiempo de perfume. Guardó su ropa viejita y de su bolsita de pita sacó su ropa limpia. Pablo, como sacerdote maya, tenía que vestir el traje blanco pulcramente elaborado de telas de manta. Se revistió de blanco, parecía un ángel. Se enfundó sus caites de hule y correas de cuero. Alzó el morral y lo colocó sobre su hombro y se dirigió al pueblo jocoteco, ya cercano.
         Él era el responsable de mantener esa unidad de la naturaleza. No estaba condicionado por la concepción cristiana de lo sagrado y lo profano. Para los chortís, todo lo existente es sagrado porque es expresión del Ajau. El agua no hay que bendecirla porque ya está bendita. Es su responsabilidad pedir al Ajau que nunca falte el invierno en la comunidad y por eso hace los ritos adecuados, sacrificando aves en los nacimientos de los ríos… sólo así tendremos el agua necesaria y que los ríos estén abundantes. La lluvia que fecundará los campos para que pueda engendrar el maíz, sagrado alimento.
         Pablo nació en una de las aldeas más pobres de Jocotán: El Pelillo Negro, en las altas cumbres de la zona oriental guatemalteca. Tenía todos los atributos de un indígena chortí: bigote pronunciado como signo de autoridad. Color de piel, moreno cobrizo; ojos castaño oscuro que le permitían una mirada profunda, escrutadora. A sus 65 años, no tenía canas y como buen indígena, tenía toda su cabellera… la calvicie es rara en su cultura. Dentadura blanca y fuerte como granos de maíz… no conoció nunca las caries. Medía 1.62 metros, estatura media de su raza, como lo muestran los esqueletos de sus antepasados que él conoció en lo que hoy son las ruinas de Copán en el occidente de Honduras. Todavía recuerda entre maravillado e indignado aquel viaje que hizo a dicho centro cultural, astronómico de sus ancestros indígenas.
         Admirado de contemplar las maravillas que alcanzaron en la arquitectura: la escalinata de los jeroglíficos con sus 52 gradas ceremoniales; las enormes estelas que recogieron la gloriosa historia de los reyes; el gran templo Rosa Lila: hermosa maravilla. Las incisiones de jade en los dientes de los indígenas que demuestran su refinada técnica odontológica; el juego de pelota que le recordaba la agilidad de los atletas; el tzolquin, calendario agrícola que define el ciclo del cultivo del maíz… ver volar por los aires y selvas de Copán las grandes guacamayas de color rojo, símbolo de la deidad solar y suyo, su nagual sintió revolar dentro de sí. Experimentó el espíritu libre del venado corriendo entre los arbustos. Aquella visita fue inolvidable; recordaba cuando entró al museo a través de la gran serpiente, experimentando el inframundo maya. Aunque también regresó indignado.
         Indignado de escuchar a aquel guía turístico que afirmaba que “los mayas desparecieron”… y él… qué era… un marciano o ser extraterrestre? ¡ignorancia crasa! Le reclamó y sólo recibió una risa burlona. Indignado de pagar 50 quetzales para ver lo que consideraba suyo y en cuyos campos corrieron libres sus antepasados; le enojó ver a los venados limitados a correr en un espacio reducido en medio de los árboles. Le entristeció verse como objeto de arqueología, sin ninguna referencia a su presente. El pasado es pasado y ya no se puede cambiar. El futuro es algo incierto. Vale el hoy. Indignado de pensar en su glorioso pasado y en la violenta opresión de los conquistadores que los arrinconaron en las montañas más estériles de la región oriental; que les prohibieron expresarse en su idioma chortí…
          Asistió a la misa de las 10 de la mañana, repleta de gente normalmente; chortís en su mayoría. Los indígenas son religiosos por naturaleza. Después de la celebración eucarística, el vicario atendió los cientos de bautismos y el padre Antonio llamó a Pablo a su despacho. Más que diálogo, aquello era una cita inquisitorial. El padre Antonio conocía poco a su colega sacerdote, Pablo, y comenzó suavemente. Después de los saludos normales de “buenos días”, le invitó a sentarse, lo cual hizo parsimoniosamente y con tranquilidad.
         – ¿Cuál es tu nombre?
         – Pablo.
         – ¿Pablo qué?
         – Pablo Chasmaray… es mi apellido pagrecito.
         – ¿Por qué te pusieron así?
         – Porque ese es mi nagual…
         – ¿Qué es eso?
         – Es el espíritu que cada uno trae al nacer. Yo nací el 25 de enero.
         – Ese es el día de la Conversión de San Pablo, apóstol de los gentiles. Gran santo. ¿Sabías eso?
         – Sí pagrecito. Mi madrina de bautizo me lo dijo. Dice que él inició algo nuevo en la vida de los cristianos, que fue un seguidor fiel de un tal Jesús.
         – Nuestro Señor Jesucristo, hijo…
         – Nuestro Señor Jesucristo, pagrecito.
         A pesar de su preparación intelectual, el padre Antonio se dio cuenta que Pablo conocía bien el origen de su nombre. Había estudiado en su aldea hasta tercero primaria y podía leer y escribir bien… Eso no le impedía ejercer como sacerdote maya. En el fondo, el problema era de autoridad. ¿Era el Dios cristiano más poderoso que el Dios maya? ¿Qué sacerdocio tenía más poder? ¿Se habían convertido de verdad los chortís al cristianismo o sólo era una fachada? ¿Qué ritos hacían? ¿Practicaban la brujería como le habían denunciado al padre Antonio o aquella buena gente se dejaba guiar por una religión natural que les unía a lo divino? Las preguntas que se hacía el padrecito eran muchas… también Pablo tenía las suyas: ¿Por qué estará enojado el pagrecito? ¿Qué le dirían de su servicio como sacerdote? ¿Me irá a prohibir que ejerza mi función divina?...
         – ¿Es verdad que vos bautizás?
         – Yo lo que hago es purificar a los recién nacidos.
         – ¿Cómo lo hacés?
         – Con agua, pagrecito.
         – Eso ya lo sé hombre. ¿Es agua bendita?
         – Toda el agua es bendita porque es criatura divina.
         – ¿Qué más hacés?
         – Lo ofrezco al Ajau.
         – ¿Quién es ese?
         – El Autor de todo cuanto existe. Del hombre y la mujer. Él hace volar a los pájaros y nadar a los peces. El da color a las plantas. Hace caer la lluvia sobre justos e injustos; hace salir al Tata (sol) sobre buenos y malos. Por las noches nos alumbra con la Katu’ (la luna) y es quien hace alumbrar las estrellas. El llena el cántaro de agua y da el canto al pájaro. Él pinta el cielo como quiere; el verde de las montañas y vive en las aguas de los océanos.
         – Ese es Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. La Santísima Trinidad –expresó un poco molesto el sacerdote católico.
         – El mismo, pagrecito: es Dios Padre y Madre. Corazón del cielo y Corazón de la tierra.
         – ¿Para qué más usás el agua?
         – Para ahuyentar los malos espíritus, pagrecito. Para levantar los espíritus de los matados.
         – ¿Cómo es eso?... explicame eso de “levantar el espíritu”.
         – Es como lo que vos hacés, pagrecito. Rezás por los difuntos. Nosotros también. Echamos agua en el lugar donde los mataron. Sólo los matados o los que mueren en accidentes de carros, que se caen de algún palo, los machetean, los balean, o los matan a pedradas o a palos. Porque entonces es cuando el espíritu no descansa tranquilo, hay que ayudarlo a que se vaya tranquilo al lugar de los muertos, al inframundo.
         – Pablo, ¿creés vos en Dios y en los santos?
         – Seguro, pagrecito. Él es mi Tata. Los santos son los naguales que nos acompañan en nuestro camino.
         El padre Antonio se quedó pensativo. Por fin entendió que la devoción al apóstol Santiago, patrón de la capital de Guatemala, de Esquipulas y de Jocotán, no era tan al santo, sino al nagual de los indígenas. Él que era tan devoto de Santiago, porque era patrón de España, no le quedó más remedio que elevar una oración como era su costumbre: “Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…” Pablo se levantó contento, extendió su mano al padre Antonio y se fue satisfecho. Desde entonces, el sacerdote maya Pablo Chasmaray cree en la Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios hijo y Dios Espíritu Santo… y el padre Antonio cree en el Ajau y en el nagual.





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