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Juan Pablo Espino

JUAN PABLO ESPINO VILLELA





Nació en Chiquimula el 23 de febrero de 1949.Periodista, escritor político. Fue Alcalde del Municipio de Esquipulas durante el período 1991-1993.
Realizó sus estudios primarios y básicos en la ciudad de Chiquimula. Posteriormente se graduó de Bachiller en Ciencias y Letras y recibió el Diplomado en Gerencia Política y Administración Municipal por la Universidad Rafael Landívar.
Ha ganado varios concursos literarios, entre ellos, repetidas veces, el de los Juegos Florales de Esquipulas.
Publicaciones: 1- Cuentos y Leyendas de tierra Adentro; 2- El Sapo que quería ir al Cielo; 3- Matate de Pita; 4- Las Aventuras de Tío Conejo; 5- Metamorfosis; 6- Camelia (novela). 





EL CUENTO DE LAS BOTAS  
 
Hace muchos años en una aldea de Esquipulas sucedió un hecho insólito entre dos compadres, que no llegó a convertirse en tragedia, gracias a que, como dijera cierto Presidente, la violencia se combate con inteligencia. De no haber sido así, hoy habría otra cruz en el camposanto, un hogar destruido y un hombre pudriéndose en la cárcel.
Como decía un viejo amigo mío, para llevar a cabo una venganza no es necesario el derramamiento de sangre. No, hay otras maneras, si se usa bien la materia gris, y eso es precisamente lo que hizo uno de los protagonistas de este simpático cuento. 
Resulta, pues, que un domingo cualquiera, don Chema Almazán fue a visitar a su compadre, al caserío donde vivía. Sin embargo, el silencio que reinaba en el ambiente hacía suponer que no había nadie en casa.
Por marcharse estaba, cuando oyó que la llave del chorro del patio trasero estaba abierta. Y pensando que aquello se debía a un olvido involuntario de los dueños de la vivienda, se dirigió al lugar con la intención de cerrarla, pero, cuando estaba a punto de llegar al chorro y cerrar la llave, descubrió que bajo un frondoso amate de abundante sombra, doña Chana su comadre se estaba bañándose completamente desnuda, con los pechos al aire y enjabonándose generosamente abajito del vientre. 
En un dos por tres los nervios se le agolparon en la panza al viejo Chema y un temblorcito mero sabroso, producto de la emoción, comenzó a subirle por las canillas y le calentó la cara.
Entre salir corriendo o quedarse a contemplar el espectáculo, el emocionado visitante se decidió por lo último, acurrucándose luego tras una mata de caña.
¡Qué momento aquel! La comadre tenía el cuerpo más hermoso que jamás hubiera visto. Y las piernas… ¡Uy, qué piernas! Si parecía que habían sido esculpidas en mármol blanco. Cada vez que la comadre restregaba el jabón sobre el lugar que usted ya se imagina, al pobre don Chema le temblaban las piernas y le daba un vuelco el corazón. Un par de minutos después llegó el momento en que la inocente señora tomó la toalla para secarse, deslizando con suavidad el afelpado trapo por la hermosura de su anatomía. ¡Y vaya lo que hace el diablo! Don Chema no se aguantó. Dejó la mata de caña tras la que se ocultaba y saltó como un tigre sobre su comadre sin darle tiempo de nada, como dijera la canción de Gabino Barrera. Jamás pasó por la mente de aquel hombre insensato que ambos se podrían convertir en piedra. Al principio, la mujer hizo el intento de resistirse, pero luego, como que pudo más el fuego y la pasión que despierta el macho sobre la hembra y la apasionada dama se dejó recostar sobre el suelo y ya con el pensamiento nublado, comenzó a besar a su compadre con tanta locura, que había momentos en que le agarraba un acecido tan profuso, que había instantes en los que parecería que se iba a aquedar sin resuello. Su cuerpo esbelto reclamaba caricias; su corazón, vacío de amor, pedía a gritos que alguien apagara la llama que estaba a punto de devorarlo. Y es que la mujer, aunque muchos digan lo contrario, no necesita únicamente de cosas materiales, le hace falta que el marido la haga suya, aunque sea de vez en cuando. Hacía ya dos años que su marido no le hacía el amor. La pobre mujer era como la guitarra olvidada en un rincón de la casa, esperando que alguien llegara y la hiciera vibrar, arrancándole de lo más hondo del alma un torrente de notas musicales desbordantes de cariño y amor. La reacción y la pena vinieron después, pero ya el daño estaba hecho. Don Chema salió como un relámpago por la parte trasera de la vivienda, al tiempo que su compadre se bajaba de la mula, recién llegando, muy cansado, de la ardua labor. ¿Qué podía hacer la mujer? Fingir nada más.
“¿Y vos por qué estás llorando?”, le preguntó.
“El compadre Chema vino y me violó”, dijo sin más. 
“¿Y por qué no gritaste?”. 
“¿Y quién me iba a oír?”. 
¡Esto no se va a quedar así”, dijo el marido, con los ojos centellantes. 
Bajó el machete de la viga y salió corriendo en busca de aquel mal compadre con la intención de vengar de una vez por todas la vergonzosa afrenta.
Mientras tanto, don Chema llegó a su casa presuroso. Se cambió rápidamente de ropa y ante la mirada inquisitiva de su mujer, subió al frijolar que tenía en una lomita, frente a su vivienda, desde donde podía divisar el camino con facilidad.
¡Cabal! A lo lejos venía corriendo el compadre. El filo de su machete brillaba como una moneda recién acuñada con los rayos del sol. El mal compadre sabía que iba a pagar cara su osadía, pues don Tino Conetras, aparte de bravo, tenía fama de ser muy bueno para el machete.
Llegó pues el hombre y se detuvo jadeante en el patio de la casa. Clavó con fuerza la punta de su machete en el suelo y dirigiéndose a su compadre, que temblaba en lo alto de la loma como perro asustado, le gritó desde abajo con mucha serenidad: 
“Compadre, ¿cómo está usté? Disculpe que venga a interrumpirlo, pero necesito pedirle un favor…”.
“Usté dirá, compadre”, dijo el otro, tratando de dominar su temor.
“Seré breve, compadre, dijo entonces el hombre. Resulta que mañana temprano tengo que ir a hacer un mandado al pueblo y da la desgracia que mis zapatos de salir están viejos y rotos. Por eso he venido a su casa aprovechándome del compadrazgo y la amistad que tenemos, para ver si es posible que pueda prestarme las botas nuevas que acaba usté de comprar”.
“¡Claro, compadre, no faltaba más! Dígale a mi mujer que se las dé de inmediato y perdone que no baje a estrecharle la mano, pues como ve, estoy bastante atrasado con este trabajo“.
“Usté a lo suyo y yo a lo mío, compadre”, respondió entonces aquél. 
El hombre se dirigió a la cocina donde se encontraba la esposa de su compadre, afanada en la preparación del almuerzo. De sopetón, le dijo: 
“Comadre, por vida suya me va a tener que perdonar esta impertinencia, pero dice el compadre que sin preguntar los motivo ni las razones que tenga, se baje usted el calzón y me entregue las nalgas inmediatamente”.
“¿Que yo le de qué, compadre?”.
“Las nalgas, comadre; las nalgas y horita mismo”.
La mujer montó en cólera, pues no podía aceptar semejante descaro de su compadre. Así que, amenazándolo con un tizón encendido, le pedía furiosa que saliera de su cocina.
“Mire, comadrita, por favor no se enoje, pues no se trata de hacer cumplir mi voluntad sino la de mi compadre. ¿Por qué mejor no se asoma y le pregunta?
“¿Y usté cree compadre que me voy a bajar el calzón así por así? ¡Ni que estuviera loca! ¡Que le pregunto al desgraciado de mi marido, le pregunto!”.
Así que, asomando la cabeza por una pequeña ventana que daba a la loma, gritó llorando de rabia a su marido:
“Bueno, vos animal bruto, ¿y por qué me estás obligando a dárselas?”.
“Mirá, mujer, le respondió furioso el marido, vos no estás en condiciones de contradecirme pues para eso soy tu marido. En esta casa yo soy el que manda y el que ordena, así que hacé inmediatamente lo que te estoy ordenando y no hagás esperar más al compadre”.
“¡Que conste que fue con tu gusto, pedazo de m…! Después no vayas a estar reclamándome nada”, le recriminó la mujer.
Después de un buen rato, el hombre volvió a decir a la mujer:
“Bueno, comadrita, con usté ya estuvo; ahora debe traerme a su hija, esa muchacha hermosa que recién acaba de cumplir los quince años. Yo siento una profunda pena por ustedes, pero el compadre llegó a mi casa a invitarme a que viniera a hacerles el amor a las dos juntas. Si tiene duda, pregúntele, comadre. Y por favor hágalo rápido, porque ya se me hizo bastante tarde”.
La comadre asomó nuevamente la cabeza por la ventana y llena de indignación volvió a preguntar a su marido: 
“Bueno… ¿y las dos, no vos?”.
“¡Y cómo va a agarrar una sola, bruta! ¡Las dos, pero ya!, le respondió el ingenuo marido, sin imaginarse siquiera lo que realmente estaba sucediendo.
El hombre hizo suya a la comadre y luego a su hija. Momentos después, sin remordimiento alguno, el hombre salió de la habitación dejando ultrajadas a las dos pobres mujeres.
Al momento de marcharse, el muy tonto de don Mecho se dio cuenta de que su compadre no llevaba las botas que había llegado a prestarle. Ingenuamente le gritó desde la loma: 
“Bueno, compadre, ¿y no se va a llevar las botas, pue?”.
Con el más grande de los cinismos, el compadre le contestó: 
“No, compadre, y muchas gracias por la confianza, pero ya me probé las dos: una me queda demasiado floja y la otra demasiado apretada. Gracias compadrito, ha sido usted muy amable, pero mejor voy a bajar mañana al pueblo con mis zapatos viejos y rotos”.


                                     
-Del libro “Cuentos y Leyendas de Tierra Adentro”.

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