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Elías Valdés

ELÍAS VALDÉS SANDOVAL



     Nació    el 1 de diciembre de 1930 en San José la Arada, Chiquimula. Realizó estudios de periodismo en la Universidad de San Carlos de Guatemala y Derecho en la facultad de Occidente. Siendo estudiante publicó estampas en el Diario de Centroamérica y ganó concursos a nivel estudiantil. Fue fundador de la Casa de la Cultura de Oriente.
     Elías Valdés ha recibido varios homenajes y reconocimientos. En 1993 se le otorgó la Muta de Oro y el Collar Chortí. En 1994 se bautizó con su nombre la biblioteca de Instituto Central para Varones de Occidente y fue declarado Hijo Predilecto de San José La Arada e Hijo Notable de Chiquimula. La Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos le otorgó el título de Emeritissimun. La Asociación de Periodistas le otorgó la medalla Rubén Darío por sus 50 años de ejercicio periodístico.
    Publicaciones:

1- Tizubín. Novela. Cuatro ediciones: 1974 - 1993 - 1998 - 2006.

2- Yo fui un rehén del M-19. Relato.1980.

3- Raíces al viento. Novela. Tres ediciones: l99l - 1993 - 2006.

4- Rasgos y matices. Cuadros de costumbres. Dos ediciones: 1992 - 2007.

5- El desafío. Cuento. Tres ediciones: 1992 - 1996 - 2006.

6- Agua sucia. Novela. Dos ediciones: 1992 - 2005.

7- Viaje a la infancia. Novela. Dos ediciones: 1993 - 2003.

8- Así escribí el libro "Yo fui un rehén del M-l9". Dos ediciones: 1994 - 2007.

9- El pez murió en silencio. Novela. Tres ediciones: 1995 - 2002 - 2007.

10- La obsesión de Pilarcita. Novela. Dos ediciones: 1997 - 2007.

11- Viñetas de mi barrio. Estampas. 1998.

12- Flores de chacté. Estampas. 2000.

13- Cuentos y anécdotas. 2001.

14- Los ruidos de la selva. Fábulas. 2002.

15- Agua sucia. Comedia. 2003.

16- Diez cuentecillos extraviados. 2004.

17- Vainita de ishcanal. Fábulas. 2005.

18- Entre la Vida y la Muerte. Vivencias. 2009.

19- Todo un hombre. Relato. 2009.

20- La colina de las torcazas. Novela. 2010.

21- ¡Ah, las cosas de mi tío Corleo! Novela. 2011

22- Las semillas de la iguana. Vivencias. 2012




 “…     

El sol fuerte. Quema duro. La suave brisa parece salida de un horno. Se siente como vaho caliente, seco, asfixiante. Aún sin estar trabajando se baña uno en sudor. A lo lejos, sobre un materío desnudo, se levanta un vapor pardusco, transparente, como el humo de mil cigarrillos. Los árboles apenas mueven las hojas.

            En un matorral, sobre unos cocoteros que alzan su penacho desafiante, varios cuervos graznan. Vimos los puntos negros a gran distancia.

            El caporal se paró. Cogió su rifle y apuntó.

        Los vuá espantar –dijo.

Los pájaros, como si fueran pedazos de papel carbón alzaron el vuelo. Pasaron en fila sobre nosotros. Y siguieron rumbo desconocido dando graznidos roncos, como si fuera a rasgárseles las gargantas.

Llegó el sábado. Era el último día de trabajo en el algodonal. Ya habíamos dejado pelonas todas las matas. Un grupo aparte había recogido lo poco que dejábamos. Los días sábados recibíamos la paga. Esta vez sería la última.

El caporal había apuntado en un cuadernito, con letra garabateada, la lista de los cortadores y lo que pesaba el algodón colectado por cada uno. Cien libras. Ochenta. Ciento veinte. Setenta. No todos los días eran buenos. Pero ya sumado, a centavo la libra, algo se sacaba. Y para nosotros, todos patojos, la paga nos parecía formidable.

…”

 

Fragmento de la novela Tizubín, 4ª. edición, mayo de 2006. Imprenta Club.

 

_________________________________________________________________________

“…

Tengo miedo. No salga…

El bullicio de los perros arreciaba. Me localizaron. ¡Estaba perdido! Me arrimé lo más que pude al cerco de piedras. Me tenían acorralado. Fue cosa de minutos. Me defendí con el machete, dándoles planazos. Los perros se pusieron más furiosos…

A todo esto, de unas galeras contiguas a la vieja casona salían unos mozos. Al mismo tiempo, por el corredor apareció el patrón, con una lámpara en la mano. Fue lo que pude distinguir.

No pude salir huyendo. Por más que lo intenté. Mis piernas no obedecían. Oí unos gritos:

        ¿Quién es? ¿Quién anda por allí?

No respondí. Fui encandilado por un haz potente de luz.

Me puse la mano izquierda en la frente, haciendo una visera. El patrón se acercó. Luego fui rodeado por los mozos. Me condujeron al corredor casi a empujones. Me habían tomado por vulgar ladrón.

Por la puerta del cuarto salió una mujer, envuelta en una sábana blanca. Distinguí que se trataba de la Julia. Ella lo confirmó:

– ¿Sos vos Tizubín? –exclamó.

– ¿Lo conocés? –preguntó el patrón.

Antes de que respondiera, me adelanté:

– ¡Vengo por vos, Julia! ¡Ahora mismo nos vamos!

Los mozos se habían quedado a la orilla del corredor. No sé si entendían lo que decíamos.

– ¿Quién es? –volvió a preguntar el patrón.

Me adelanté con la intención de acercarme a la Julia. El patrón se abalanzó sobre mí, dándome un empujón. Logré cogerle la mano. Forcejeamos. Se le cayó la lámpara, y con el golpe se apagó.

¡Sonó un disparo! No sé cómo fue. El señor Fidel se desplomó, cayendo boca arriba.

– ¡Ay, me mató este…!

La frase quedó flotando en el aire. La Julia también gritó, pero no entendí que dijo. Los mozos acudieron en auxilio del patrón. La bala quizá le atravesó el corazón. Su muerte fue tan rápida…

En la confusión, aproveché para escurrirme. No me había dado cuenta que el revólver estaba en mis manos. ¿Cómo fue que apareció en mi poder? No había tiempo que perder. Corrí. Los perros me perseguían. Atravesé de un salto el cerco de piedras. Luego me tiré por sobre los piñuelares, abriéndolos con el pecho. Llegué a la ribera de un río. Las voces llegaban claras:

– ¡Que no se vaya! ¡Jule, jule! ¡Detengan al ladrón!

Ajotaban a los perros. Corrí y corrí. Entre más lejos llegara, sería mejor.

Jadeante, sofocado, exhausto, alcancé la cima de un cerro pelón. De allí divisaba el panorama a mi alrededor.

…”

 

Fragmento de la novela Tizubín, 4ª. edición, mayo de 2006. Imprenta Club.

 

_________________________________________________________________________

“…

Un fogonazo iluminó de pronto mi atormentada mente. Sí. Aún había tiempo. A dos pasos estaba mi tabla de salvación. Me escurriría bajo un asiento, y me haría un nudo como bulto de ropa. Metería la cabeza al fondo, entre las tablas. ¡No! ¡Qué tontería! En mi desesperación, no atinaba qué hacer. Los minutos corrían. Había que decidirse ahora mismo. Solo quedaban segundos…

¡Ya! Frente a mí había una puerta. Estaba cerrada, pero no tenía llave. La detenía un garfio metido en una argolla. ¡Allí estaba mi salvación! No sé cómo lo hice, pero al instante estaba en un cuartucho como bartolina. Bajé el vidrio opaco de al lado. Y puse cerrojo. Oía voces afuera. Temblé. ¿Qué pasa? ¿El tren no se mueve? Aquellos minutos eran largos, largos, largos…

¡Al fin! Comenzó a rechinar bajo mis pies. Me acerqué al hoyo del excusado de tablas toscas. Vi que los durmientes pasaban. Estaba ya caminando el tren. Un pitazo ronco, prolongado, el más bello pitazo de tren que en mi vida jamás oí, me hizo dar un respiro…

Dejé pasar unos minutos. Al fin salí. Noté que nadie reparó en mí. Hurgué para uno y otro lado, en busca de algún indicio que me informara de la presencia de policías. Nada. Habían bajado…

Pensé: de aquí en adelante, todo marchará sobre ruedas.

…”

 

Fragmento de la novela Tizubín, 4ª. edición, mayo de 2006. Imprenta Club.

 

_________________________________________________________________________

 “…

Allí está la Vila. Sola. A mi alcance. Me escondo entre el monte, como tigre presto a caer de un salto sobre el arisco venado…

Contuve la respiración. La Vila buscó con ambas manos la punta del listón rosado que tenía en la cabeza y deshizo el nudo. Se soltó el pelo. Abundante, largo, cayó sobre la amplia espalda morena. Hizo un rápido movimiento de cabeza, sacudiéndolo para uno y otro lado. Y seguía cantando…

La Vila se quita las ropas y las pone a un lado, haciendo un montoncito. Mira para todos lados, para cerciorarse si no hay alguien acechándola. Y luego, se quita la falda floreada. Veo su pantorrilla rolliza, gruesa, hermosa. Luego se desliza entre el agua, encogiendo los hombros.

– ¡Ay… está fría! –exclamó.

Yo no pierdo ni uno solo de sus movimientos. La vi pararse y alargar la mano para alcanzar el paxte y el jabón. ¡Qué hermosa la muchacha! Me pareció más linda que nunca. Sus dientes blancos, parejos, como trocitos de carne de coco sazón. Sus grandes ojos, brillantes, atractivos. Y sus formas exquisitas, en plena madurez. Me gusta la Vila. Pienso que ha de ser mía a cualquier precio.

La Vila se baña. Se pasa la mano con el paxte por el cuello, bajo el cabello mojado. Luego por la ancha espalda, hasta donde el brazo alcanza. Veo la manchita negra de sus axilas. Me estremezco. Permanezco estático, en plena tensión, con los potros del deseo a punto de romper las bridas tilintes. La Vila se pone a jugar con el agua. Chapotea como niña traviesa. Luego se tiende, boca abajo, dejando al descubierto la espalda y las bolas temblonas de sus nalgas vibrantes, morenas…

Un sudor frío me corre por el cuerpo. Mi respiración es fuerte, sofocada. Temo que me vea y se asuste. Me agazapo más al pie del guarumo florecido. Allí, a pocos pasos, está la Vila…

Ella me había dicho:

– Deje de molestarme usté, si yo todavía no pienso en eso…

Pero yo insistía. Todas las noches salía a su encuentro cuando venía de la tienda. Y ella se paraba a platicar conmigo. Largos ratos pasamos juntos, al pie de la frondosa ceiba en el centro de la plaza… Una vez me atreví a preguntarle:

– ¿O no te gusto?

– No es eso –contestó–, es que todavía no pienso en esas cosas…

– Pero Vila… Yo quiero ser tu hombre…

– Es que tengo miedo, Germán… –me dijo– Tengo miedo…

Salió del agua. Y salté sobre ella. Fue sin pensarlo. No había hecho esos planes. Ella se detuvo, asustada, como conejito acorralado. La cogí por la mano.

– ¡Oh, Vila! –le dije.

Y comencé a caminar al monte. Ella murmuró:

– ¡No Germán! Ahora no… soltame, por favor… ¡Ahora no!

Yo era un animal. Solo atiné a repetir:

– ¡Te quiero Vila! ¡Te quiero!

Fue una lucha breve, entre el varón ardiendo en deseo y la hembra sumisa, dominada. Hubo jadeo. Respiración fuerte de ambos. La hojarasca, bajo el guarumo florecido, crujió. Rodamos por el suelo, hechos un nudo. La besé en la boca. Recorrí con mis labios…”

 

Fragmento de la novela Tizubín, 4ª. edición, mayo de 2006. Imprenta Club.

 

_________________________________________________________________________

 “…

            Caminaba con dificultad. Sudaba a cantaradas. Agobiado por el cansancio y la sed de mil demonios, bajo aquellos rayos ardientes que se me metían como alfileres al rojo, estaba a punto de reventar.       Apenas levantaba los pies del suelo. Los llevaba a rastras, por entre el polvito seco y fino, triturado por las llantas de los vehículos. Esos pies no eran los míos, mis pies de antes, tan vigorosos para subir por los empinados astilleros. Mis pies de antes, tan livianos y ágiles para correr por las vegas lodosas en los riegos nocturnos. Mis antiguos pies, acostumbrados a largas jornadas, bajando bultos de frijol de los cerros resbalosos de Saspán… ¡Cómo eché de menos mis incansables pies! Ni siquiera se parecían a mis pies de hace poco, capaces de correr sin fatiga con un racimo de veinte gajos al hombro; buenos para trotar por los bananales tras el chillar de los chuchos pisando las patas de veloces venados; buenos para tragarse largas distancias, cuando por toda la línea férrea me tocaba ir a comprar a La Ceiba las medicinas para mi mujer enferma…  

            Me detuve. Había perdido la noción del tiempo. El policía me echó encima la bestia. Mis pies no obedecieron. ¡Estos pies no son los míos! –pensé–. Antes podía correr a la par de un caballo trotón, y hoy, las mulas cansinas me empujan con sus hocicos…

            Caí al suelo, tendido igual que garrobo asoleándose.

            La tierra caliente se pegó a mi boca reseca.

            Cerré los ojos. No quería saber nada del mundo.

            Me sentí caer al fondo de una caverna misteriosa, giratoria, profundamente oscura, rodeado de un montón de dementes dando aullidos tenebrosos, como manadas de coyotes en brama a la orilla de barrancas altas…

            No podía pensar. ¿Sería la muerte?

            No oí nada de lo que decían los de la montada.

            Sentí que me levantaron entre dos, cogiéndome de los brazos. Me empujaron para que caminara. Obedecí. A los pocos pasos, volví a caer. Estaba agotado. Sudaba a chorros, ese sudor frío o caliente a la vez. Jamás supe cómo era aquel terrible sudor.

            Un policía se acercó. Le pedí agua.

– No hay… –dijo.

Le pedí que me…”

 

Fragmento de la novela Tizubín, 4ª. edición, mayo de 2006. Imprenta Club.

 

___________________________________________________________________

“…

Durante el día, muchos se dedicaban a hacer canastas, hamacas, morrales y otros objetos que salían a vender a las calles. Por mi parte, varios días me sacaron a trabajar al parque de enfrente. Me colocaron una cadena en el tobillo y con una bola de hierro en la punta. Arrastraba al cadena al ir a regar los arriates. La pelota pesada de hierro la sostenía con una mano. El trabajo era humillante y asqueroso por la forma como se nos axhibía peor que animales. Rehuía las miradas indiscretas de la gente. Jamás me pude acostumbrar a la injuriosa tarea de trabajar con una cadena prendida a mis pies…

Cierta tarde, al volver del riego de los arriates del parque, se cumplió la profecía del viejo del hospital. Un hombre alto y fuerte, de brazos largos y nervudos y mirada penetrante y hosca, se acercó a mí desafiante y altanero:

– ¡Vos Tizubín! –me dijo–, por ai andan diciendo que nadie te manda! ¡Pues aquí quien manda soy yo y a mí vas a obedecerme de ahora en adelante! ¡Ahorita mismo vas a ir a vaciar los botes, ya están llenos de caca!

Hice como que no lo oía. Aquel hombre, de aspecto tenebroso, infundía pavor a los demás reos. Miré sus ojos vidriosos. Se fue acercando a mí con paso lento, arrastrando los pies en la tierra. Los compañeros de presidio lo seguían con la vista. Había expectación y ansiedad. Iban a ver una escena de violencia. Ya me habían contado las hazañas de este grandulón, que se hacía respetar a fuerza de golpes. Nunca imaginé que yo sería su próxima víctima. Siempre me había mantenido apartado de dificultades, evitando breves provocaciones de insignificantes individuos, a quienes estaba seguro de derribar de un puñetazo. Ahora era distinto. Tenía que hacerle frente a la situación. De lo contrario, todos querrían cebar su insolencia en mí. Resonaban en mis oídos las palabras del viejo del hospital: “Hay que imponerse desde el principio…”. El ambiente era tenso. Los minutos, o quizás segundos, corrían veloces, cercando toda posibilidad de airosa escapatoria. Se hizo un círculo de reos en torno de ambos. Parecíamos patojos escueleros, a quienes solo bastaba un empujón para enredarse en feroz riña…

El individuo, mostrando una sonrisa burlesca, miró a los compañeros que lo seguían y gruñó:

– ¡A vos te estoy hablando, chingao!

Cogiéndome de los hombros, me dio fuerte sacudida y luego me lanzó al suelo. Caí entre los pies del grupo de curiosos.

– ¡No te metás conmigo –grité–, andá a buscá a tus babosos!

– ¡Tenés miedo, mamplora! –se rió en mi cara con sorna.

Haciendo un ademán de boxeador altanero, se puso en guardia, empuñando las manos muy cerca de mi cara.

…”

 

Fragmento de la novela Tizubín, 4ª. edición, mayo de 2006. Imprenta Club.
 


 
 

 

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