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Manfredo Castillo

MANFREDO CASTILLO




Nació en Chiquimula en 1952. Es contador público y auditor por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Tiene una maestría en Administración de Negocios por la Universidad Mesoamericana. Ha participado en seminarios de negocios en Japón, Corea, Estados Unidos y Taiwán. Fue docente universitario en Administración de Proyectos.
Parte de su producción literaria ha visto la luz en antologías y revistas, una buena cantidad de relatos permanece inédita.




LA ÚLTIMA PELOTA

       Una pariente lejana lo llamó para contarle lo sucedido y de una vez llegó al lugar. No quiso razonar por qué, pero prefirió quedarse sentado en una de las sillas despintadas a la par del escritorio del encargado de la morgue. Nunca había estado en un lugar como este.
       Desde allí miró al fondo de la sala, ocupada por cuatro camillas con sus respectivos cadáveres cubiertos por gastadas sábanas blancas de rayas verdes. En el borde frontal de cada camilla, estaba pegado un pedazo de cinta adhesiva, que identificaba a los fallecidos. Eran tres hombres y una mujer joven. Uno de ellos era su amigo. Dos lámparas de neón iluminaban débilmente la sala de lúgubres paredes amarillas. Sobre una repisa, dos botes de vidrio con empolvadas flores plásticas adornaban al Cristo que colgaba en lo alto de la pared, como mirando triste los rostros cubiertos de los difuntos.
       Como los familiares no aparecían, decidió salir un rato. Subió las gradas que daban al parqueo, donde varios familiares de los otros fallecidos, aguardaban entre sollozos a que les entregaran a sus respectivos muertos. Una finísima lluvia arrinconó a todos bajo la cornisa del edificio hospitalario. Encendió un cigarro y comprobó que era el único que esperaba por su amigo. Los familiares venían de un pueblo vecino y tardaban, seguramente, por el tráfico pesado de los viernes.
       Por lo que escuchó, todos los muertos eran gente sencilla. La mujer, murió víctima de los celos de su marido. El otro era un muchacho corpulento que no quiso entregar su celular y agarró a trompadas al asaltante, pero cuando ya lo tenía dominado, otro ladrón que le hacía banderas, le dio un balazo en el pecho. El muchacho cayó en un charco y se ahogó entre el agua sucia y su propia sangre. El último era un albañil que iba borracho y cuando atravesaba la calzada, a pocas cuadras de su barrio, lo atropelló un ruletero. Los bomberos lo recogieron en la cuneta con el cráneo destrozado.
       Pasó largo rato esperando a que cediera la lluvia. Le dio el último jalón a su cigarrillo, tiró la colilla en una reposadera cerca de las gradas y volvió a sentarse en la misma silla. Pensó entonces que solo su amigo había fallecido por causas no violentas. Luego recordó los años de la infancia, cuando después de hacer los deberes escolares, jugaban fútbol con los muchachos de la cuadra. Su amigo era el dueño de la pelota. Sintió cierto placer remembrando esas tardes soleadas, llenas de gritos y carcajadas. Pensó después cuando después de graduarse, cada uno tomó caminos diferentes. Repasó las cosas vividas, hasta llegar al hoy, cuando se enteró del fulminante infarto que se llevó al amigo.
       Pensaba en estas y otras cosas cuando llegaron los familiares. Los lamentos y sollozos y lastimeros abrazos, le humedecieron los ojos. Seguía la espera.
       La lluvia había mermado y minutos después, del cuartito atrás del escritorio de la morgue, salió el encargado a entregar los cuerpos. Era un señor gordo y serio, que se acercaba a la edad de la jubilación. La barriga se le montaba sobre el cincho negro, que jugaba bien con su uniforme oscuro.
       Su trabajo era estricto y ordenado: no permitía que nadie, a parte del familiar a cargo, se le acercara al escritorio, ni siquiera los de las funerarias que trabajaban en lo mismo. Cuando todo estaba listo, despegaba de la camilla el pedazo de cinta adhesiva y lo pegaba por una puntita en la orilla de su escritorio. Luego pedía que le firmaran un grueso libro de pastas sucias y gastadas, donde se llevaba el control de todos los fallecidos y finalmente los de la funeraria hacían su trabajo y trasladaban el cuerpo a un ataúd provisional, devolviendo sábana y camilla al fondo de la sala.
       Primero entregó el cuerpo de la mujer asesinada, que según sus familiares sería velada y enterrada en San Juan Sacatepéquez. Luego se llevaron al muchacho que murió con el celular en la bolsa. Al albañil lo recogieron una hora después, y lo llevaban a una funeraria de la zona seis. Por último le tocó el turno a su amigo.
       Hecho esto, el encargado volvió al cuartito, y regresó con algo redondo apoyado en su pecho. No era muy pesada, pero la bajó con primoroso cuidado sobre el escritorio. Era una pelota de color blancuzco, con manchones de dedos en distintas partes, que había fabricado con todas las cintas adhesivas, a lo largo de todos sus años de trabajo. Con esta pelota solo jugaba él, entreteniéndose, agregándole cada vez más nombres, mientras le llevaban nuevas entregas. La cuidaba como un tesoro sin valor terrenal, que guardaba bajo llave cuando no estaba de turno.
       Era fácil imaginarse el placer que sentía el encargado de la morgue cuando colocaba con cuidado el último pedazo de cinta adhesiva, donde se leía Roberto Orlando Linares, a quien los encargados de la funeraria depositaban en el ataúd provisional.
       Ahora su amigo era parte de un equipo diferente, su nombre había quedado en una pelota donde aterrizaba la vida.




CAVILACIONES

       ¿Te acuerdas cuando llevaste a la capital a mi hermanito de tres meses, que hervía de calentura?, lo llevabas cubierto con una frazadita celeste con figuras de conejos. Pensabas que quizá era pulmonía o neumonía, quién sabe cuál era la diferencia.
       Casi nadie te vio salir por la calle polvorienta hasta la estación del tren, llevabas en la pañalera tres pachas, una con leche y dos con agua de cebada. Escondido entre los pañales, metiste el monedero con los únicos ocho quetzales que te acompañaban y que creías suficientes para pagar la consulta del doctor, alguna medicina que le recetara al niño y el pasaje de vuelta. Quizá no alcanzaría para comer algo, pero eso no importaba.
       Nosotros estábamos pequeños. Mi hermana y yo nos quedamos al cuidado de mi tía Meches. Subiste con paso angustiado en el tren que venía de Barrios. No habías dormido ni una gota. Eras joven entonces. Tu angustia no consentía el sueño, ni el cansancio. Eras infatigable. Todavía dejaste la horneada de pan para que la tía Meches lo sacara y lo vendiera. Esa mañana, que parecía no avanzar, mirabas por la ventana del vagón los cerros grises, resecos por el duro verano de marzo. Hubieras querido que el tren corriera al doble de esa velocidad pasmosa con la que subía por Guastatoya, aunque no se te había muerto la esperanza. A cada poco abrías la frazada para ver a mi hermanito que había pasado varias noches grave, pero ahora venía bien dormido y no había querido probar pacha.
       Sentiste un gran alivio cuando el tren arribó parsimonioso a la estación de la Ermita. Ya casi llegamos, te dijiste. Minutos después, ya en la estación central de la dieciocho calle, te abriste paso, casi empujando a los pasajeros que reían con la boca abierta, admirados por la grandeza de la capital.
       La clínica del doctor quedaba a pocas cuadras, mismas que caminaste a toda prisa. La espera se hizo eterna mientras pasaban dos pacientes que llegaron antes. Mi hermanito no abría los ojos, pero te aferrabas a la esperanza, aunque tenías el alma en un hilo. Pasó un paciente, y después de un rato pasó el otro.
       Cuando te tocó tu turno, el doctor te hizo varias preguntas que contestaste mecánicamente, Después te dijo que pasaras a la camilla para examinar al niño. Pero cuando lo destapó, sintió los bracitos aguados y ausente el aliento. Señora, te dijo, el niño se ha ido. Te quedaste pegada a la silla. El doctor, que ya te conocía por las veces que antes nos habías llevado a mi hermana y a mí, pareció lamentar no haber podido hacer nada por el muchachito y no te cobró la consulta. Quizá se te murió antes de llegar a la Ermita. Como sabía desde de dónde llegabas, te aconsejó que lo mejor, para evitar problemas, era que lo arroparas tan bien como lo trajiste y que tomaras de regreso el tren del mediodía. Te tragaste las lágrimas y con la misma, te fuiste a sentar a la estación central. Otra espera eterna. Para evitar sospechas, sacaste una pacha e hiciste como que se la dabas al niño. No probaste bocado en las horas que duró la espera.
       El ruido brusco de la locomotora te martillaba los sentidos. Había más calor de regreso. No mirabas los cerros ni las ramas secas de los árboles tan marchitos como tu esperanza. Ahora tu angustia era doble: la de mi hermano muerto y la de que algún policía te descubriera el delito de cargar su cuerpecito inerte.
       Al bajar del tren, camino a la casa, te deshiciste en llanto apretando a mi hermano. Unos vecinos llegaron y rápido desocuparon este cuarto para el velorio. Otros se fueron a Guastatoya a comprar la cajita blanca, de esas que les dicen para angelitos. Todo se llenó de flores y el otro día temprano lo llevaron al cementerio. No me dejaste ir porque dijiste que era muy chiquito.
       Esta tarde que avanza despacio, con la mirada prendida en el techo, miro desde la hamaca donde he pasado cavilando desde temprano, te miro recostada en la cama, en el mismo cuarto, con noventa y cuatro años sufridos y pobres y me pregunto de dónde has sacado tantas fuerzas para vivir. Si se te han ido todos, mi hermanito, la tía Meches, mi papá. Todos tus familiares han muerto hace años. Cómo has podido, si yo con mis cincuenta y cinco, siento que ya me pesa la vida.





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