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Edmundo Zea Ruano

EDMUNDO ZEA RUANO


Héctor Edmundo Zea Ruano
nació el 21 de febrero de 1920, en Chiquimula.
     Fue fundador y propulsor de la renombrada “Generación del 40” que ha dejado huellas de relevante valía en las letras del país. Los jóvenes de ese grupo prestaron todo su entusiasmo con su pluma y otros contingentes cívicos al triunfo y desarrollo de la revolución del 20 de octubre de 1944. Durante los primeros años de la revolución, el poeta Zea Ruano sirvió en el periodismo. Desde luego, la poesía era cultivada por él con el fulgor radiante de su juventud. Su labor quedó diseminada en revistas y periódicos de la época; el intento de editar un libro quedó frustrado por las limitaciones del medio. Enseguida, Edmundo corona sus estudios de abogacía y notariado en la Universidad de San Carlos.
     En 1960 aparece El hombre en la tierra, su primera obra formal de poesía, signada por la experiencia y la expresión definida. ¿De dónde viene este título? Nace de una realidad consciente, de su latente mundo del agro de su país natal. Poemas descarnados, no depurados aún en su forma, pero de auténtica poesía. Los temas eternos y universales tienen aquí también su cita con el tiempo, en una sensibilidad que recoge los motivos y los transforma, los revela, los vierte en imágenes que se suceden con precipitado vocabulario, con suavidad sugerente...
     En 1961 publica Estatura en el sueño, libro de corte lírico que avanza respecto del anterior en cuanto la depuración del lenguaje y la diversidad de temas que le constituyen. La soledad, la angustia, como una llama oscura, perfilan aquí cantos insomnes, tocados de lo angélico, de lo edénico. Una libertad de creación y abandono de las reglas musicales rigen esta obra. Los títulos enuncian temas objetivos. También su preocupación por el destino del hombre se erige en un fondo central de su poesía:

“No. es la hora en que todos los crepúsculos
se agitan enardecidos,
porque está naciendo el sueño capaz de liberarnos
de esta enorme pesadilla,
para que un nuevo cielo
de extensa claridad nos ilumine”.

     Hacia 1964 se edita La noche en los ojos que es un canto a la gran noche que vive el mundo como afirma el prologuista José Félix López, es una denuncia de cuanto ocurre en la oquedad oscura de la nocturnidad del hombre, pero siempre con fe en el porvenir. Lo personal cede a lo colectivo. El poeta canta en voz alta, proclamando dignamente valores vindicatorios:

“¿Por qué en los nocturnos salones
la risa incesante se prolonga,
mientras los niños se quedan en las puertas
durmiendo la nostalgia?
Sigo en el silencio auscultando el desvarío
de la noche que en las sienes tiene
el cáncer que lleva el corazón hacia la muerte”.

     En 1970 ve la luz Las ramas del árbol, a lo que he denominado “poesía conjunta”, porque en realidad reúne la labor incesante de Edmundo Zea Ruano de varios años atrás -1962 a 1969 aproximadamente-, conformando cinco libros que vienen a darnos un volumen considerable de poesía. Aquí los numerosos cantos son un todo existencial, pero no escapan a encerrarse cinco temas capitales o centrales; en El alba del futuro está por un lado “la muerte como un temor colectivo” y “un futuro de libertad” que nos redimirá como la luz al día; en El pan sobre la mesa son cantos contra el hambre y la barbarie, pero Sobre la mesa del mundo el pan ha de servirse como simples rodajas de luceros; El Dolor del mundo (1968), es una intensa elegía por el doloroso destino de la humanidad, en donde el poeta continúa su digna actitud de protesta para que el hombre se ponga de pie por lo que ocurre a su hermano.

"El pan se construye
con las mejores florescencias de la tierra
bajo el influjo de un calor inmenso.
Los hombres lo elaboran
con intensa actividad de árbol bajo el viento,
desde el día claro
hasta la noche grávida de sudor telúrico.

El pan está hecho para romper la incertidumbre de los hombres,
para crecer con la amplitud de los bosques,
para que las sensibles constelaciones de la aurora
nos dejen el aroma en el ambiente fresco,
para tener en la vida,
más células que estrellas en la noche".

Una palabra tuya bastará para salvarnos, (1974).


1 Prefacio Ante la obra de poesía Conjunta de Edmundo Zea Ruano, Iván Barrera. Las Ramas del árbol (poesía), Edmundo Zea Ruano, Tipografía Nacional de Guatemala, 1970.




EL CANTO

El canto empieza por las grandes ramas
y se alza esbelto como grito en llamarada:
tiene en su corteza la fuerza de la tierra.

El canto se extiende por espacios de ronda
y se cuelga en las noches de miel y de lucero
o asciende con alas del ángel hacia el cielo.

El canto no cabe en el ojo como una mirada,
es torrencial, caudaloso río.
Solo la voz se sienta en su camino,
y pulsa la guitarra.

El canto es como una mirada tibia, campesina,
tiene aliento substancial de leche.

Más allá de los ojos
sobre un volcán o caminando en la brisa,
el canto llega y tremola su bandera.
Sube la miel y la golondrina ensaya geometría.
Todo el espacio surge con su pecho abierto
y enseña los tatuajes de mineral recuerdo.

Las raíces negras de la noche y su designio,
crecen y crecen como mata de pelo:
huyen despavoridas buscando el agua fresca.

Por los barrios que muerden su miseria,
por los hombres que gritan muchas cosas,
el canto está presente, como estrella.

La muerte misma con diente duro y frío
se descalza para andar por las calles
y oír el canto sublime de la tierra.
El canto arraiga sus raíces en carne viva,
crece como una eternidad, se torna rojo
para ser llama que alumbra tanto olvido.

El anhelo me sube por los ojos.
Un canto sencillo y sin trompetas
se riega entre mi sangre milenaria.





AHORA EL SILENCIO SE CORONA DE ANGUSTIA

Ahora el silencio se corona de angustia.
El llanto surge imitado en la tormenta
Por el dolor del mundo;
por las madres que viven en la ausencia
la soledad del fruto y de la espiga,
sin una rosa que vierta de su aroma
la fiel transparencia de su aliento
para su corazón edificado en la ternura.

No hay sitio para tanta lágrima nocturna.
No hay quietud en el alma del hombre,
sino fuego implacable
extendido en el huracán de la muerte.

Ciegos están los que no miran,
los que no sienten cómo el caudal de la vida
se está perdiendo en la encrucijada
innumerable de la muerte.

Ciegos están aquellos que rompen el silencio
a golpe de tormento,
aquellos que se pudren en la sangre
de tanta primavera derrumbada.

¿Para qué sirve la dulce palabra
que construye la abeja en el panal del sueño?
Nadie piensa ahora en el pájaro
que derrama constelaciones de música en el huerto.
Nadie intuye el futuro de la aurora
que pone vida y sueño en la esperanza.
Solo la muerte vibra en cada esquina de la vida.





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