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César Gutiérrez -narrador

CÉSAR GUTIÉRREZ


     Nació en Churischán del municipio de San Juan Ermita, Chiquimula, el 20 de septiembre de 1963.
     Es Profesor de Enseñanza Media en Lengua y Literatura con estudios de Licenciatura en Letras en la Universidad de San Carlos de Guatemala.
      César Gutiérrez ha ganado premios literarios a nivel nacional: en Tecpán Guatemala; La Alameda, Chimaltenango; Tiquisate y La Democracia, Escuintla, y Cuilapa, Santa Rosa.
     Ha publicado cuatro libros: 1- Cuentecitos de Churischán (Oscar de León Palacios, 2004). 2- Realismo Trágico –cuentos- (Editorial Universitaria, 2005). 3- Desatados –novela- (Ediciones y Servicios Gráficos El Rosario, 2010). 4- Misión Belga en Guatemala Región Ch´orti´ (Imagraf GyN, 2013).





EL DESENTIERRO  
                          -cuento-


         Tú le dijiste a la abuela que no era por la borrachera que traías encima.
         – Es tu suerte –dijo la abuela– pero para eso debes tener coraje, valor y decisión.
         Esa tarde fuiste a la casa de Abelardo. Te había invitado a tomar chicha. La molienda había terminado hacía quince días. Fue Abelardo quien preparó el bongo. La hizo con caldo de caña, pedazos de dulce y agua de quebrada. Después de taparlo con un cartucho de tusa, lo enterró en el bagazal para que se fermentara. De eso hacía quince días. Cuando lo destaparon, esa tarde, la espuma estaba rebalsando el bongo. Se la bebieron en guacales de morro.
         – Está sabrosa, hasta picante –le dijiste a Abelardo.
         Después te quedaste sintiendo la noche: el crujir de los grillos, los relámpagos de las luciérnagas, la oscuridad completa, la voz de las estrellas. No entendiste en ese momento por qué estabas tomando chicha con Abelardo, sentados en el bagazal del trapiche. Era casi la media noche. Se tomaron lo último que quedaba en el bongo y se despidieron.
         Churischán estaba abrazado por las tinieblas. No había luz eléctrica. Empezaste a cruzar los caminos blancos en medio de la oscuridad. Las casas dispersas permanecían dormidas entre los montes, cobijando dulcemente el sueño de los hombres cansados. Debías atravesar la aldea entera para llegar a tu casa y recordaste que ya era la media noche. A veces escuchabas los ruidos de las lagartijas, taltuzas, codornices o ciguamontas. Pero la borrachera que traías te daba valor.
         Desde el patio viste sin propósito hacia el cerro del potrero. La noche estaba puesta sobre el picacho. Una llama metálica, de plata, resplandeció en medio de los peñascos. Te dio miedo.
         – Yo vi la llama abuela –dijiste al día siguiente– de eso estoy seguro. Era real. No era por borracho.
         – Es tu suerte –dijo la abuela– debes desenterrar el tesoro. Sólo tú puedes hacerlo. Debes llegar hasta la llama, a la media noche, pedir permiso al alma en pena y dejar señalado el lugar. Debes tener coraje, valor y decisión. Después tendrás que cavar la tierra, en ayunas, al día siguiente. Podría ser un cántaro lleno de bambas de oro. Muchos hombres hoy son ricos porque han visto esa llama.
         Tú viste fácil el procedimiento. Tu riqueza estaba segura. Si lo hacías no tendrías que trabajar más. Comprarías terrenos y te convertirías en ganadero. Serías rico de la noche a la mañana. Tendrías trabajadores bajo tus órdenes, te obedecerían. Tu futuro estaba asegurado. Te imaginaste parado en algún lugar de potrero llamando a las reses:
         – Fesh... fesh... fesh... To… to… tooooooooo
         Y las reses bajarían en grandes manadas.
         Tú, montado en tu caballo alazán vinoso y con la ayuda de los mozos, conducirías a todo el ganado a otro potrero. Comprarías pantalones de lona, camisas a cuadros, sombreros de palma, botas de cuero y una 38. Inventaste los nombres de los animales: la Jozca, la Carbonera, la Golondrina, el Pardo.
         Las mañanas se te llenarían de júbilo al llenar las cubetas con leche caliente y espumosa. Diseñaste una hermosa casa de campo, elegante y sencilla. En el patio amanecerían las reses echadas, rumiando, y en el corral los terneros bramarían por sus madres. Todo sería francamente bello, incluso la vida.
         Esa noche no conciliaste el sueño. Saliste para ver la llama. No apareció. Repetiste el proceso siete veces hasta que la llama apareció. Era exactamente la misma, metálica. Te habías tomado otra vez algunos tragos de chicha. Lleno de valor, como dijo la abuela, emprendiste el camino con decisión. El corazón te palpitaba con fuerza, las piernas se te hacían pesadas, las manos te temblaban, te sudaba el rostro, pero sentías la riqueza casi en tus manos.
         Viste las llamas cerca de ti. Los peñascos parecían verte desde arriba como guardianes. Las llamas producían un estruendo horroroso que partía en pedazos la noche, tocaban las hendiduras de las tinieblas, rompían los silencios. Pero tu riqueza estaba ahí, casi en tus manos.
         Las llamas empezaron a iluminarte el rostro. Eran maravillosas, daban ganas de lanzarse hacia ellas, atraían como si tuvieran algo que te llamara, que te atrajera hacia ellas.
         Entonces apareció un hombrecito gordo, bien vestido, apenas perceptible en el humo. Escuchaste una voz hueca y sonora, como salida de algún túnel. Dijo tu nombre y tú perdiste el sentido.
         El demonio era el guardián de la botija. Tú debiste hablarle sin temor y debiste haberle pedido el permiso que tanto deseabas. Después aparecería el dueño de la riqueza enterrada a quien debías pedirle permiso también. Pero no pudiste, tu coraje era más débil que el que requería aquel espectáculo. La cosa mala te ganó el alma. Caíste muerto.
         La abuela dijo que si hubieras encontrado las bambas ahora fueras “Señor”. Sobre tu cruz dejaron una lápida:
“Falleció el 7 de diciembre de 1947. Se lo ganó la ambición.”




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