ESCRITORES CHIQUIMULTECOS
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J. Israel Pérez P.

J. ISRAEL PÉREZ P.



     J. Israel Pérez P. (Concepción Las Minas, 6 de junio de 1943) ha escrito para diferentes públicos, primeramente como material de apoyo a un trabajo educativo (escolar y extra escolar), para niños y habitantes del área rural, donde estima que su aporte puede ayudar al público con pocas oportunidades de lectura. 
     Por el anhelo de estimular la lectura, algunos de sus trabajos son con muñequitos, incluso ha creados personajes que le han dado cierta caracterización, tal como el Compa Pepo y “Chus”, que por buen tiempo llegaron hasta las comunidades más lejas del país, estimulando el rol que desarrollaban los promotores sociales, en el área de la salud, la agricultura y la alfabetización.
     Entre sus producciones se cuenta una colección de 14 folletos de bolsillo y alrededor de 20 educativos con temas diversos; fundador de varios periódicos y revistas, entre ellas “La Revista “CONCEPCIÓN”, declarada “Monumento Cultural de Concepción Las Minas, Chiquimula”, Acdo. Mpal. Del 15/01/2001. Ha escrito ensayos y buena cantidad de cuentos regionales.
     Publicaciones:        1- Entre cuento y cuento, 1987. 2- Las experiencias de don Tomás y una noche, 1988. 3- Una historia para que el grupo la discuta, 1988. 4- Discutamos los derechos de la niñez 1990 y 1992. 5- Jugando, aprendiendo y cooperando, 1991. 6- Nuestro Árbol Nacional, 1993. 7- José Martí en Zacapa, 2001. 8- Me lo contaron en la esquina, 2002. 9- Un sexto sentido, 2003. 10- El presidente Ubico y Esquipulas, una historia compartida, 2004. 11- Estampas históricas de Concepción Las Minas, 2006. 12- Cuentos que alimentan, 2007. 13- Los Juegos Florales en Guatemala, 2008. 14- La radio en Chiquimula, 2009. 15- Cuente–citos- y cuento–nones, 2012. 16- Aristados de Nuestra Historia, (Tomo I y II), 2014. y Por sus frutos los conoceréis, 2014.




EL ESPÍRITU DE ENCANTO DE LA LAGUNA Y DEL VOLCÁN DE IPALA

     En una agradable tarde de octubre, en el cielo de la población de Ipala ondeaban docenas de multicolores barriletes, que alzaban inquietos niños como buscando divisar y saludar a la bella y singular laguna “del volcán”, donde sus aguas bailaban al ritmo de una suave melodía ejecutada por los encumbrados aires, propios de esta época. El trajín cotidiano se desarrollaba inalterablemente, de pronto alguien llegando de la ciudad de Chiquimula se acerca al grupo de vecinos que tarde a tarde se reúnen al pie del frondoso árbol de Amate que se yergue en la población, para comentar la vida y el quehacer de su comunidad. El visitante dijo llevar una noticia, proporcionada por una fuente –digna de todo crédito- y, era que el gobierno le había suspendido la calidad de municipio a Ipala.
     La noticia, aunque no oficial, pero la consideraban creíble, lo cual provocó una serie de opiniones, muchas de malestar, de acusaciones y hasta de cólera. Todos puntualizaban sus puntos de vista, dándose un coloquio, donde expusieron conceptos y situaciones tales como:
     “Hasta dónde ha llegado el odio de este hombre en contra de la familia Cerna” – dice uno de los vecinos - “Porque no puede ser otro el motivo por el que nos quiten el derecho de ser municipio, el cual adquirimos desde hace 46 años. ¡Eso es un claro ejemplo de lo que es el –abuso de poder_!”
     “Rufino Barrios vuelve a meter las patas” –dice otro de los conversadores - “Este hombre no sabe que con esta medida él mismo se echa tierra. A Ipala la hará más grande en la historia, porque, la historia es la única que nos puede hacer justicia y nuestro pueblo la debe mantener viva y celebrar”.
     “¿Qué más quiere ese general de dedo. El odio ha sido contra del poeta?, porque, el Mariscal Cerna, ya ni se mueve, pues está muy enfermo, aquí el joven y aguerrido poeta es el único que no lo ha dejado tan tranquilo, a pesar del maltrato moral y material que inhumanamente le ha dado”
     “Así es, Ismael sigue altivo y activo, pero es por la herencia del espíritu del volcán, esa templanza y altivez de titán, solamente gente especial la tiene. Pues se sabe que doña Francisca Sandoval, tal como corrientemente lo sabía hacer, un día a principios del mes de julio, a buena mañana se fue a bañar a la laguna y cuando bajaba para su finca, el volcán rugió y de la laguna se desbordó un chorro de agua que mojó los pies de doña Francisca. Ese día nació Ismael”.
     “Por eso dicen que, ese muchacho vino con la fuerza del espíritu del volcán”.
     “Pues puede ser cierto, porque a pesar de todo lo que le ha hecho este gobierno, allí sigue vivo y aguerrido y eso es el rencor y odio que tiene el general. Ismael sigue en su postura de rebelde contra el tirano que destruyó a su familia”
     “Quizás destruyó a su familia, pero a Ismael no, ya le dijo que: - Podrá flaquear el cuerpo miserable, pero jamás el pensamiento mío-
     “¡ A la chucha!... ¡Qué pensamiento y que valor de patojo”
     “Eso aún no es nada muchá. Lo que tiene ardido al presidente fue eso de decirle en su cara: “Y qué? Ya ves que ni moverme puedo/ y aún puedo desafiar tu orgullo vano./ ¡A mí no logras infundirme miedo/ con tus iras imbéciles, tirano/. Soy joven, fuerte, soy, soy inocente/ y ni el suplicio ni la lucha esquivo;/ Me ha dado Dios una alma independiente,/ pecho viril y pensamiento altivo/.
     “¡QUÉ BÁRBARO! ¡ESO SÍ QUIERE TANATES”.
     “Miren muchá, al final, qué jodidos importa que nos quiten la calidad de municipio, de todas formas hemos estado abandonados, entonces ignoremos más a este gobierno, quedémonos tranquilos como que nada ha pasado, pues ya vendrán mejores tiempos, porque hasta bíblico es que -todo poder es temporal y los que allí se engolosinan, aquí los veremos pagar su cuenta”.
     “Así es, también dice : -Con la vara que medís, serás medido” -Y una cuarta más-.
     La conversación continuó este día más tarde de lo acostumbrado y la vecindad quedó enterada de todo. Cuando la resolución gubernamental de fecha 18 de octubre de 1883 llegó, el pueblo la aceptó como –oír llover-, y continuó su plan de indiferencia hacia el gobierno central. Dos años más tarde, el presidente Barrios muere muy cerca del Volcán de Ipala, en cuyas faldas estaba la finca El Paxte, donde nació Ismael y donde don Nemecio Cerna (su padre) muere defendiendo su tierra y a su familia.
     La población ipalteca continuó su ritmo de vida, donde su volcán y su laguna, como espíritus de encanto, han seguido rugiendo y derramando chorros de agua que ha mojado los pies a varias madres de este valle, por lo que aquí siguen naciendo personas que con templanza y altivez enorgullecen a este fecundo –Granero de Oriente –
     Aquellos tertulianos del año 1883, fueron sabios al tomar una actitud inteligente de prudencia y de paz, porque nueve años más tarde, fueron testigos de la recuperación de la calidad de municipio que se le vuelve a otorgar, cobrando vigencia el espíritu, actitud y pensamiento de justicia, respeto, dignidad y libertad, que se amalgama en la hidalga poesía de Ismael Cerna y de lo cual, la historia y su pueblo cumplen su cometido”.

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"IPALA eleva su frente
en el volcán concebido
por telúricas entrañas;
el volcán entumecido
se va tapando con nubes
de colores peregrinos.
Una laguna de ensueño
en su cráter se ha dormido
y sólo despierta cuando
el viento peina sus rizos".
                 
                               (Aquiles Pinto Flores)






LOS XOCOLT DEL CAÑÓN DE SAN JACINTO

Queriendo olvidar su profundo dolor, Tata Andrés se tendió sobre el pretil del corredor de su rancho y se embelesó en los maravillosos y coloridos celajes que servían de yagual a la cima de los encumbrados y milenarios cerros que han fortificado las tierras del Cañón de San Jacinto. De pronto lo saca de su ensimismamiento, el débil ladrar de Coyote Cuto, su viejo perro que cuando cachorro, perdió la mitad de su cola, por una mordida que le que acertó un conchudo cusuco al que perseguían allá por los llanos del Conejo.
Coyote Cuto, sin moverse de su tibio lecho, levanta su hocico y repite su ladrar, por ello, Tata Andrés se sienta y vuelve su vista al camino real que viene del norte, donde pudo apreciar que se acercaban a su vivienda dos personas caminando junto a un pequeño asno, que cargaba a un individuo y unos cuantos tanates.
Cuando los caminantes están al frente del rancho, casi a una misma voz dicen:
“Buenas tardes tenga su mercé”.
Por lo que Tata Andrés les responde:
“Buenas tardes hermanos caminantes. Pasen adelante. Vengan a descansar a este humilde rancho”.
En ese momento se unen a Tata Andrés una señora vestida de luto y una niña de unos cinco años, quienes conformaban la familia de esta pequeña estancia. Los recién llegados aceptan la invitación y con cierto cuidado bajan de la bestia a un anciano que fácilmente denota bondad y respeto y, en unos cuantos minutos lo instalan en aquel bien encontrado espacio y con voz suave pero segura expresa:
“Que nuestro Señor bendiga su caridá de dar posada a estos cansados peregrinos. Yo me llamo Francisco Patiño Madero, pero todos me conocen como el Abuelo Pancho. Hoy estamos ajustando treinta soles de haber salido de nuestro jacal, que se ha quedado muy lejos, allá por unos llanos que están muy cerca de la gran montaña, donde duerme la hija del Corazón del Cielo. . . y según sus sabias indicaciones, ya estamos cerca del lugar a donde dirigimos nuestros pasos”.
Tata Andrés les dice:
“Es un gusto tenerlos aquí, donde pueden descansar, como lo han hecho otros caminantes. Nuestros ranchos tienen un corredor desocupado para dar posada y agua fresca a los caminantes”
La llegada de estos viajantes animó a Tata Andrés, así como a su hija y hasta a la niñita, pues aquí, todos estaban viviendo días de tristeza profunda. Después de beber café caliente y comer empanadas de butes, pescados en la quebrada Grande y en el Río Xutaque, el abuelo Pancho, animado por el descanso les contó que venían cumpliendo un encargo de “Corazón del Cielo”, que por intermedio de su hija, la princesa que descansa en la cima de la gran montaña, le encomendó que viajara rumbo al sur, por un camino que será muy transitado, hasta un poblado a donde llegará un Cristo Moreno que será milagroso, pero antes que ello suceda, se tiene que liberar a un lugar de una maldición, porque este camino será considerado “Ruta Santa” y deberá estar libre de malos espíritus y poblada de gente buena.
“Solamente al cumplir con este mandato podemos regresar a nuestros jacales” -dice el abuelo Pancho-.
Tata Andrés al escuchar a este anciano, le agarra un temblor de cuerpo, se persigna, se hinca, junta sus manos, las eleva al cielo y pronuncia algo en un idioma no conocido aún, pero al final entre sollozos dijo:
“¡Señor, qué nuestra salvación nos llegue hoy! que se vaya esta maldición que tenemos. ¡Tata Grande, ayúdanos”.. .
Tata Andrés lloraba como un niño, por lo que el abuelo Pancho y sus hijos se acercan, lo levantan y le preguntan, qué era lo que le estaba pasando.
Aquel buen anfitrión, con lágrimas que rodaban por sus arrugadas mejillas, se sienta en el pretil de donde poco antes se había levantado, para recibir a estos pasajeros y, entre algunos sollozos profundos comienza a relatarles:
“Nuestros abuelos nos han contado que hace varios soles llegaron a estas tierras de abundante agua, frutas, animales y aquí, donde se junta una quebrada con un río decidieron construir sus viviendas y empezaron a labrar las tierras y adorar a –Tata Grande-, ignorando que en este lugar, tenían el descanso eterno seres misteriosos. Esos seres pueden ser vistos por algunas personas. Mañana de día, los podrán ver, porque están en lo alto de las montañas”.
Sigue contando Tata Andrés:
“Estos primeros habitantes y sus descendientes fueron maldecidos por el Alma del Cerro, por haber ocupado, profanado sus tierras y mancillar su descanso, sentenciándoles a que, cada cinco veranos, se le debía entregar un angelito no mayor de cinco años, de lo contrario, destruiría todo lo que en estos contornos existiera. Esta maldición nos sigue a cualquier parte de la tierra, por eso somos gente triste, viviendo en un lugar precioso, pero nadie, nadie, puede librarse de este inmerecido y terrible castigo y . . .”
El relato se interrumpe, porque de pronto se escucha un retumbo que proviene del Cerro de La Paloma y Tata Andrés exclama: 19
“¡Dios mío, mañana es la luna llena del quinto verano y a mí me toca entregar a mi nietecita! Este es el dolor que en esta casa tenemos. Esa maldición eterna, que pagamos para vivir en esta tierra de esperanzas comunes”
El abuelo Pancho y sus hijos abrazan a Tata Andrés, a su hija y a la inocente criatura e inmediatamente forman un círculo y con toda fe, rezan por largas horas. Al finalizar este acto, el abuelo Pancho con toda tranquilidad saca de uno de sus bultos, un pequeño envoltorio que trae en hojas de mata de plátano, lo desenvuelve y deja libre un pedazo de cactus sin espinas, lo abre a lo largo por mitad y de él extrae unas frutas desconocidas y las coloca en un guacal nuevo. Las frutas eran coloradas, del tamaño de un huevo de codorniz. Se veían bien conservadas; luego les rocía unas gotas de agua de coco tierno y las deja expuestas en el sereno de la noche.
Al día siguiente, desde horas muy tempranas, los vecinos de Tata Andrés, le visitan para acompañarles hasta el anochecer, que será cuando se entregue la niña al Alma del Cerro. Pero esta vez, había un plan preparado por los visitantes y la familia de Tata Andrés, que nadie más conocía.
Al declinar el día y cuando en el cielo se empezaba a manifestar la luminaria selenita, Tata Andrés y su fiel perro, toman camino rumbo al lugar donde se debía dejar a la criatura, pero esta vez, solamente llevaba un guacal nuevo, con una docena de una jugosa y fresca fruta, que el abuelo Pancho le había entregado y que había traído de lejanas tierras del norte. Tata Andrés al llegar (a) aquel lugar misterioso, armado de mucho valor dice:
“¡Escucha Alma Grande!. ¡Yo te traigo un bocado de los dioses para calmar tu hambre. Son frutos que todos los hijos de esta tierra cultivaremos para honrar tu grandeza, porque te los envía ¡la princesa de la gran montaña!, hija de Corazón del Cielo”.
Días después, Tata Andrés pudo contar, que la noche que subió a visitar al Alma del Cerro, el silencio en ese momento fue inmenso, que el palpitar de su corazón se hacían retumbos y que de repente se escuchó el tronar y saboreo de la fruta del Xocolt, que se había entregado. Siguió otro espacio de helado silencio, hasta que, una voz de ensordecedor eco, que se enrolló entre los cerros del Cañón de Chiotapat dijo: “¡TRATO HECHO!”
Desde entonces, el Alma del Cerro se nutre con esta fruta y no reclamó a más angelitos, pero sí, los mejores jocotes de cada cosecha, frutos logrados, porque el abuelo Pancho, antes de retirarse de esta tierra le dejó a Tata Andrés, una pequeña rama de Xocolt, la cual sembró en el patio de su rancho y de la cual se han desprendido las mejores cosechas de jocotes de esta cálida tierra del Cañón de San Jacinto, situada a la vera del camino que lleva a cientos de peregrinos a visitar al milagroso Cristo Negro, que a los pocos años de este suceso llegó a Santiago de Esquipulas.
El Cañón de San Jacinto sigue mostrando sus empinadas montañas, donde duerme tranquilo el espíritu de seres que parecen centinelas misteriosos de 20
un pueblo que vive siglos de fe, paz y anhelos de trabajo, frutos que le hacen brillar en nuestra geografía nacional.

 
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Como hontanar del jocote
puede afirmar SAN JACINTO
que no se requiere lupa
para gustar paraíso,
teniendo de rama en rama
El néctar al fuego vivo;
Fruta del cielo en la tierra
--de jocote a jocotillo--


                                    (Aquiles Pinto Flores)

 





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