ESCRITORES CHIQUIMULTECOS
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Manuel Villalta -narrador

MANUEL DE JESÚS VILLALTA LÓPEZ 




    Nació   en Ipala, Chiquimula en 1956. Sus estudios superiores los cursó en la Universidad de San Carlos de Guatemala, extensión Jalapa donde obtuvo el título de Profesor de Enseñanza Media en Pedagogía y Ciencias de la Educación. Estudiante de la carrera de Derecho en la Universidad Mariano Gálvez y de la carrera de Pedagogía en Derechos Humanos en la Universidad de San Carlos de Guatemala.
    Publicaciones: - Versos a Flor de Labio (1991); El Tatascán (2000); Personajes de Cuerpo Entero (2001); Cuentos Provincianos y la novela El Gavilán (2002); Estampas Monográficas de Jalapa (2006); la novela Muñeco de Trapo (2008). El Tatascán Ataca de Nuevo (2010).  También publicó el folleto de poesía A Corazón Abierto.

Información recogida en la página: http://guatemala-en-decima.blogspot.com/2010/07/la-fabula-del-poeta-y-el-herrero.html





ALGUNAS AVENTURAS DE CHICO MÉNDEZ

Entremos en materia, de lo que siempre contó.
La tarde está nublada para este lado de los Achiotes Jumay, Chagüite y parte del cerro de la “Olla”. La noche va a ser obscura, obscura, pues ya la oración lo anuncia; haría buena noche para la cacería. Ese es el lugar vigiado, allí entre el cerro de la “Olla” y de la carretera para adentro hay bonita empalizada, zanjones y uno que otro filinco, en donde deambulan, venados, conejos, puercoespines, tacuacines y coyotes. Mientras en la casa de don Chico, todos se afanan por arreglar los preparos para llevar. Cada quien tiene listo un gorro para el frío, matate, chumpa, botas altas, pantalón de lona o gabardina, machete y escopeta de taco. Chico “Pijadeagua” lleva además, tres inquietos perros conejeros, también él fue invitado por don Chico Méndez a esa noche de cacería.
Se fueron a pie porque no hay otro medio de transporte a esa hora, les espera, legua y media de camino. Los tres chuchos inquietos juegan entre si, mientras ellos caminan a paso andador rumbo al pie del Jumay.
A las siete y media de la noche llegaron al lugar. El frío es inmenso, los hojas de los árboles se sacuden a menudo el derretido sereno, cuyas gotas gruesas caen sobre la espalda de los cazadores, quienes cada vez se profundizan en aquel espeso bosque.
Un desafiante y saltarín conejo aparece, como a unos quince metros de distancia, desafía al tirador, quien por su estatura no necesita hincarse. 
Chico tomó la escopeta, sacó la baqueta, introdujo en el cañón un poco de pólvora, la taqueó y luego metió la bala, volvió a taquear, se preparó y dejó ir el riatazo, haciendo eco tres veces en aquellas hondonadas que morían en el cerro de la olla. Chico pijadeagua corrió a pepenar el conejito que aún se estiraba, Chico Méndez no bajó la luz frontal, para ver donde estaba y luego siguieron caminando. De pronto se atraviesa un gato de monte y Chico le pone la luz, lo detuvo, taqueó de nuevo la escopeta y le deja ir el pencazo, poche, cayó el gato de monte y pijadeagua corrió a recogerlo.
Siguieron caminando y llegaron a una explanada, de repente salió de entre unos matorrales, un armadillo, el que también se detuvo al recibir la luminosidad, le dejó ir tres riendazos, al tercero se oyó cuando atravesó la concha de aquel animalito y cayó. Raudo pijadeagua lo fue a levantar y al costal.
¡Estaba buena la agarrada!
Al bajar una de las hondonadas, vieron un hermoso venado tomando agua en el ríachuelo de abajo. Chico Méndez ordenó a los otros dos para que al momento de moverse lo usharan para no darle lugar a escapar.
El venado apenas tenía dos cachitos que repuntaban de su dura frente.
¡Este es búfano y cristino el hijueputa! Dijo Chico y le hechó pólvora a la escopeta y comenzó a taquear, luego buscó la bala en la bolsa derecha del pantalón de gabardina y nada, buscó en la bolsa de atrás, nada, buscó en la bolsa izquierda de atrás, nada, buscó en la bolsa izquierda del muslo y nada, ya no tenía balas para introducirle al cañón. “¡Puta no es posible! Si por el venado venimos”. –Dijo Chico, se rascó la cabeza y metió la mano a una bolsa de pita y casualmente encontró una semilla de jocote de corona, la metió al cañón y cupo, taqueó la escopeta y le deja ir el pijazo, ¡poque! Se oyó cuando le pego en la frente al venado y éste pega un reparo y berrido y se fue a la mierda.
Los ushadores se quedaron hasta brutos cuando pasó cerquita el venado en huida.
– ¡Pero le pegó don Chico! –Dijo Pijadeagua.
– ¿Pa’ qué putas pegué? Me quedé sin balas y con lo que le tiré fue con una semilla de jocote.
Agacharon la cabeza y dispusieron regresar con lo poco que cazaron.
Pasó el tiempo y al cabo de tres años, vuelven de cacería al mismo lugar.
A Chico Méndez no se le olvida lo que le pasó con el venado, por no cargar suficientes municiones, caminaron hacia la hondonada y de pronto vieron que algo se movía, se fueron acercando sigilosos y cuando estaba a punto de mira, se encuentra con la sorpresa que era el mismo venado, pero esta vez, en lugar de ramazón de cachos, tenía una ramazón de jocote de corona.
Aquella vez que tiró pegó y pegó bien la semilla.
 
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Don Chico, fue Chofer de la camioneta que recorría la línea de Jalapa al Paso de Los Jalapas. Transportaba gente que viajaba a la costa norte o a Zacapa, quienes llevaban de todo, chumpes, loros, gallinas, chuchos y coches –eran cagadales adentro– y a la vez aprovechaba al tren que venía de Guatemala, para llenar la camioneta, –más vieja que Matusalén– llegaba y con los que se animaban montar, se venía. Trajín de todos los días.
Si le daban ganas de cagar, paraba la camioneta y se daba el tiempo suficiente, si miraba animales de cacería en el camino, paraba, cargaba la escopeta y se traía el animal.
Había que aguantarlo, porque era el único medio de transporte.
Dicen que una vez, viniendo por el pinalón, vio un venado corriendo por lo alto, medio paró la camioneta, le disparó y siguió caminando, a la vuelta le cayó el venado muerto en la parrilla.
 
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En uno de tantos viajes, subía para Jalapa, como a las dos de la tarde, ahí por la “piedra partida”, venían cinco personas a pie, le hicieron parada y le preguntaron:
– ¡Hey don Chico! ¿Será que cabemos en su basinica?
–Entren, todavía hay espacio para cinco cerotes.
Él mismo contaba las pasadas y a veces ponía testigos, dentro de los que ahí estaban.
¡Ay de aquél que le contradijera! Se sentía ofendido.
 
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Los acontecimientos de Jalapa, en aquellos tiempos, era cosa especial, ya sea porque se desarrollaran en la Municipalidad o se verificaran en la Gobernación Departamental. La sociedad jalapaneca era invitada con mucha cordialidad.
En cierta oportunidad fue invitado por la Gobernación, un poeta ganador de Juegos Florales, a quien había que servirle un banquete. Muchas personas fueron invitadas para tal acontecimiento, entre ellas Chico Méndez.
Todos bien vestidos a la usanza de antes.
El señor Gobernador, previo al almuerzo, lanzó un discurso ovacionando al poeta laureado, éste se sintió cachetón y no hallaba de qué modo sentarse, de pronto una de las viejas golosas buscafiestas que departía el banquete, con voz cursilera pidió al poeta que recitara un poema. Este muy entendido y placentero, se paró y dijo:
–Con mi mayor gusto deseo complaceros señora mía.
Sólo mierdas era para hablar el cabrón y para domarse el pelo tenía que echarse dos botes de baselina sólida. De repente a él le tomaron el estilo el montón de patojos de ahora, quienes pareciera que se peinan con himán y se bañan con shampoo de hoja de pino. Estilo pájaro Quetzal.
¡Era puro javío!
–Empero, voy a deciros dos versos y uno de vosotros debéis completar el cuarteto con rima. Escuchad.
“Avecita uspanteca
que al revolotear abandonás tu nido...”
El laureado se quedó esperando la contestación.
Con una sonrisa en los labios se le quedó viendo a cada uno de los banqueteros y vio que un señor de baja estatura levantó la mano y le dijo:
–Esperáis un poquito mais, que yo os contesto.
Vino Chico se paró y recitó:
¿Será porque estás culeca,
o tal vez porque no has punido?
Fue sonoro el aplauso de los presentes.
 
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Cada vez que la camioneta se le arruinaba, la metía al taller a reparación, mientras tanto, él se dedicaba a la cacería.
Alguien le prestó un caballo, cierta vez, y agarró rumbo al Llano de la Puerta, cerca de San José Carrizal.
De pronto llegó a un lugar donde amarró el caballo, precisamente en una ramita de un palito de “paraiso” y se fue metiendo para el monte. Ya estando bien lejos, decidió regresar, pero no encontraba el camino y siguió sin rumbo, de pronto apareció cerca de unas casitas, preguntó que aldea era y le contestaron que estaba en Güisiltepeque, le dijo a uno de los patojos que estaban ahí que por favor lo sacara a la carretera, el patojo lo acompaño por un buen trecho y le señaló donde estaba la carretera y fue a salir a la entrada para la aldea Los Riscos, agarró viaje sin rumbo y llegó a pie a San Pedro Pinula, bien desorientado.
“¡Puta! este no es Jalapa”. – Dijo en sus adentros.
Se sentó en una acera, hasta que pasó la “Rebeca”, la camioneta de los Orellana, les preguntó que para donde iban y le contestó el ayudante que iban para Jalapa, a todo esto ya era el día siguiente.
Abordó y se sentó. En media hora llegaron a Jalapa.
– ¡Servidos señores! –Dijo el ayudante.
Chico aún desorientado, le preguntó al ayudante que si ya estaban en Jalapa, sí, confirmó éste y en sus adentros pensó: “Que huevos los de Chico, preguntando si aquí es Jalapa.”
Mientras Chico, no hallaba para donde agarrar.
Se acercó donde estaba un lustrador y le dijo que lo fuera a dejar a la casa, ni lerdo ni perezoso el patojo lo fue a dejar, hasta entonces volvió de la desorientada que llevó.
Pasó mucho tiempo y como a los tres años, llegó a visitarlo un amigo.
– ¿Qué tal Chico?
–Bien jodido pero contento ¿y vos?
– ¡Bien!
–A molestarte vengo, Chico.
– ¡Ajá! ¿En qué te puedo servir?
–Fijate que tengo necesidad del caballo y a pedírtelo vengo. Me decías.
–Conseguí dos y me das uno.
–No. En serio Chico. ¿O ya se te olvidó que hace tres años te presté el caballo?
– ¡Puta! Aquí el único caballo soy yo.
–Fijate que yo esperaba que me lo devolvieras, porque vos fuiste a la casa a prestármelo y de ver que no llegás, decidí venir a pedírtelo. Me decías.
    ¿Qué yo te presté un caballo?
–Sí. Hace tres años. Me decías. Recordate cuando me dijiste que ibas a ir de cacería allá por el Llano de La Puerta. Esa vez te lo presté. Me decías.
– ¡Ah dio! Fijate que ya me dejaste pensativo.
– ¡Bueno! ¿Pero el caballo donde putas lo tenés? Me decías.
– ¡Ya me acordé! Ese caballo lo dejé amarrado en un potrero del Llano de la Puerta. ¡Vamos a traerlo!
– ¡Vamos! –Le dijo el paciente amigo y emprendieron viaje.
Al cabo de un buen rato, llegaron a un potrerón, donde posiblemente dejó el caballo amarrado, el monte ya estaba diferente, por el paso del tiempo.
Se fueron buscando en cada “paraiso” que miraban, de repente llegaron a uno como de veinte metros de altura.
¡Allí estaba el caballo!
Pero sólo el esqueleto colgado de la ramita donde lo había dejado.
El palo había crecido y se llevó al pobre animal para arriba.
A lo único que no le entraron los zopilotes fue a la montura y a las herraduras. Me decías.

Lo que pasó fue, que ese día, Chico “machucó” el vejuco desorientador. Desorienta a la gente y lo hace perderse en una laguna mental exagerada, como cuando uno toma las copas de más, se duerme en casa ajena y despierta “bologomo”, no haya para donde agarrar ni por que puerta salir, usted me entiende.


 


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